Vengan a Ver un pueblo fantasma













Por: Vianco Martínez

Cuando los pueblos se cansan de esperar se produce un letargo parecido al que viven las comunidades que están situadas en el camino que conduce a la frontera. Cansado de esperar, Vengan a Ver, uno de esos pueblos de espanto, ha dormido un largo sueño envuelto en el polvo del camino, aletargado de tanto olvido. La tierra está reseca y los productos menores, que una vez dieron vida y aliento a la comunidad, han desaparecido. En las tierras áridas de Vengan a Ver el único cultivo posible ha sido la esperanza.

Si se piensa que los pueblos fantasmas son aquellos lugares de calles sin gloria, de una soledad que se parece al desamparo, donde la gente camina como almas en pena, vestida siempre de un empecinado polvo del camino que se alborota con el viento, el régimen de lluvia es casi inexistente y la gente muy pobre, y en adición faltan escuelas, hospitales, comida y esperanza y sobran las penas y las vicisitudes, entonces Vengan a Ver es un típico pueblo fantasma.

Vengan a Ver se parece a Comala y a Macondo, y algo tiene de Santa María, el pueblo triste de penas antiguas y de ilusiones mortecinas que vivió en la imaginación del buen escritor Juan Carlos Onetti.

Allí, en Vengan a Ver, vive Micaela de la Cruz. Su padre es minero en una mina de arena donde han ido a parar las últimas esperanzas de redención que quedan en el pueblo.

Dicen los lugareños que de tiempo en tiempo la mina se cobra la vida de un minero para compensar todas las ofensas que esa actividad le ha infligido a la tierra. El último hombre que se llevó la mina fue don Salustiano, el tío abuelo de Micaela de la Cruz. Era un hombre antiguo, de fuerza descomunal, que luchaba con la mina con las manos desnudas y que siempre estaba en silencio bajo su sombrero de guano.

Don Salustiano murió un miércoles de ceniza a las cinco de la tarde. Murió como vivió: en silencio. Cuando su familia lo estaba esperando en la vieja casa de tejamaní, ya él estaba muriendo bajo la tierra violada. Ahora, sin él, su familia no tiene de qué vivir y los hijos se han ido en busca de nuevos horizontes. En Vengan a Ver –como en todos los campos del Sur- el horizonte lo ponen los caminos y la esperanza se queda esperando en las ventanas y en la mirada triste de las abuelas.

Como todos los pueblos del sur, Vengan a Ver vive de la espera. Nunca hace frío y las noches –¡hay que verlas!- son un espectáculo de estrellas y de luna. Está situado a tres kilómetros de Duvergé, el lugar que más se parece a un pueblo en muchos kilómetros a la redonda. Tiene 800 habitantes, a los que les da lo mismo que sea noviembre como que sea febrero. De tanta soledad, los vengaaverenses ya perdieron la vieja costumbre de contar el tiempo que transcurre.

Hace mucho, los habitantes de esta tierra están suplicando un poco de atención, convirtiendo lo que es un inalienable derecho ciudadano en un desesperado acto de mendicidad pública. Pero nadie les ha puesto asunto. Quieren fuentes de trabajo para que sus muchachos no sigan alimentando, con su partida, la desolación de este pueblo, quieren escuelas para no exponerse a las acechanzas de la carretera, quieren, en resumen, que los sueños que sueñan a las puertas de sus casas, en sus tronos de guano y amapola, en tardes que mueren de espanto y de sofocación, sean tomados en cuenta en aquellos lugares donde se toman las grandes decisiones nacionales.

En la capital y en las principales ciudades del país se está viviendo, entre luces inciertas, el delirio de las computadoras y de los software y los destellos de la postmodernidad. Pero allá, en Vengan a Ver, camino a la frontera, hay una comunidad detenida en el tiempo, un lugar donde los presidentes pasan de largo y el progreso es una palabra sin verbalización posible. Allí no existe el tiempo. Sólo el olvido y el polvo del camino. Si a ustedes les interesa, Vengan a Ver.

Agradecimientos especiales a Vianco Martínez por haber ilustrado con su ingeniosa pluma este blog nuestro...

Dios te bendiga!


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