El dueño de los Mares perdidos


Por: Vianco Martínez


No recuerdo su nombre pero sí recuerdo su historia. Llegué a sus mares con el hambre insaciable de un reportero, y allí, al final de los buenos tiempos, frente a las últimas gaviotas que quedaban, descalzo y sentado en el mismo bote sin nombre donde quedó archivada para siempre la mitad de su vida, me contó su historia.

Era un pescador de pasión. Nació entre los chincheros y las redes y se crió bañado en el salitre, jugando a contar  las gaviotas y las aves migratorias, y correteando sin tiempo detrás de ellas. Fue abrigado por el viento del norte y bautizado con gotas de la inmensidad. Desde pequeño se enfrentó al peligro de las aguas, y así, de manos del viejo pescador que era su padre, conoció de un confín a otro el mar de Sánchez. Se fue bebiendo la vida ola a ola, y terminó, como su padre, yendo cada día a pescar los sueños que le hacían falta. Se lanzaba al mar con fiereza cuando se ponía el sol, y en su trance de ilusiones se olvidaba de la tierra firme y de los días.

El mar de Sánchez una vez fue rico y con su riqueza dio de comer a los pescadores, una generación tras otra. Deslumbrados por la riqueza, los pescadores extremaron sus ambiciones y echaron al mar sus redes utilizando las peores formas de pesca. No discriminaron ni se detuvieron a pensar en las consecuencias. La autoridad los persiguió, pero siempre terminaron burlando la vigilancia y haciendo su propia ley. Al cabo de tantos sueños derrochados y de tanta irracionalidad, el mar de Sánchez terminó negándosele, y ellos se fueron con sus botes y con sus sueños, al otro lado de la ensenada, a buscar el beneficio de otros mares.

Pero esos mares tenían dueños. Eran de unos hombres simples, igual que ellos, e igual que ellos, ataviados con sombreros, con el cuerpo y el alma envueltos en harapos y la vida pendiendo de la larga espera del mar. Vivían al otro lado de la bahía y una vez el turismo llegó sin permiso y le arrebató sus tierras. Cuando los hombres de Sánchez llegaron a sus mares a procurar sus beneficios, ellos se lo impidieron, poseídos de aquellas aguas y resguardados en sus sindicatos. Temían que allí implantaran sus formas irracionales de pesca.

En su lucha por instalarse en los mares ajenos escribieron episodios verdaderamente dramáticos. Un día se enfrentaron porque quisieron poseer por las malas lo que no supieron ganarse por las buenas. Siguieron buscando vida en otros mares pero todo el mundo circundante le negó sus riquezas. Al final volvieron derrotados. Y allí están, sin sueños y con las manos vacías, sufriendo las consecuencias de sus actos. El mar ya no les sirve de mucho y en la tierra firme, donde hay un mundo para el que no están preparados, soplan unos vientos que no les favorecen.

En el mismo mar de Sánchez pescó otro hombre durante tres generaciones. Se llama Rudesindo y es un hombre de los mares que curtió su vida en interminables madrugadas de espera, persiguiendo un horizonte que nunca logró alcanzar. El presintió que sobrevendría la hecatombe y se fue a tierra firme, con sus sueños a medio talle y sus ilusiones sazonadas de derrota. Ni siquiera pudo construirle una casa a su familia. Se retiró con tiempo antes de que llegaran los días difíciles de sus premoniciones, y hoy está detrás del mostrador de un colmado donde terminó varado por la vida. A veces, por las tardes, se va en un bote a pescar recuerdos y a ver cómo duerme su ciudad después de tanto olvido. Está convencido de que un pescador sigue siendo pescador aunque se vaya al fin del mundo.

A estos hombres la vida les regaló el mar con todas sus riquezas y todos sus misterios, y los puso en posesión de un tesoro escondido en sus aguas, y lo desperdiciaron. Lo trataron con alevosía y con el despecho con que se trata a una mujer malquerida.

En su tiempo, Sánchez fue la capital del mundo -al menos de su mundo- cuando el tren empezó a sonar su sirena como una adelantada metáfora del desarrollo. También estaba el puerto, que dio vida a sus habitantes y llenó de esplendor las tierras del nordeste.

Hoy el tren es un recuerdo que agoniza con la última generación que lo vio surcar el mundo y partir en dos los arrozales del nordeste, y el puerto una nostalgia que en el silencio de su muerte está exhibiendo la derrota que le propinó la modernidad.

En invierno el mar de Sánchez se pone oscuro y se llena de humores, y en verano las gaviotas lo visitan y se reparten asiento en los viejos pilotillos oxidados que aun quedan como testigos silenciosos de los buenos tiempos. Allí juegan los niños a ser buzos y ríen a carcajadas revoloteando el agua de la orilla. Allí vive Andy, el hijo de una triste mujer alegre que un día conocí y llevé a la escuela. Allí vive una nostalgia que huele a salitre y a marisco y que hace llegar los viejos rumores de los barcos del puerto que un día se fueron para siempre. Allí vive, descalzo y sin sueños, el dueño de los mares perdidos, aquel hombre que, sentado en su viejo bote sin nombre, me contó su historia para que nunca se vuelva a repetir. Al menos aun le quedan las últimas gaviotas.


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